Mi vida en el hospital…

Mi vida se desdobló. A un lado quedó mi mundo, mi vida de siempre, tranquila y segura, mientras aparecía ante mis ojos un universo nuevo, una realidad paralela y desconocida: la vida en el hospital.

Construí con determinación una muralla entre ambas, para no permitir que el cáncer lo ocupara todo. Una barrera que salvo en contadas ocasiones, siempre especiales, sólo traspasamos mi madre y yo.

Y así, al mismo tiempo que todo el mundo se volcó conmigo, dedicándome su atención, haciéndome sentir protagonista, importante y querida; nosotras tuvimos que adaptarnos a la otra cara de la moneda. Ese mundo desconocido e inhóspito, en el que convives con enfermos como tú, en el que te conviertes en una chica con cáncer sentada en una sala de espera del ala de oncología.

Mi hospital es el Ramón y Cajal, un edificio gigantesco de Madrid, situado en la carretera de Colmenar desde 1977, pero en el que yo no reparé jamás hasta julio de 2012, fecha en la que entré por primera vez en él.

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Es taaaaan grande, tan abrumador, que al principio te hace sentir diminuta, casi insignificante. Sin embargo, el calor humano que se respira entre sus muros es difícil de describir, un contraste que choca, que llama mucho la atención.

Cierto que la decoración es más que cuestionable, que los ascensores se estropean, y que algunas salas de espera están abarrotadas, pero funciona con una precisión de reloj suizo, con un nivel de coordinación que a mi me dejó pasmada.

Sólo la Unidad de Patología mamaria atiende a 900 pacientes nuevas al año… y aún así, yo siempre fui Blanca, nunca me sentí un número, nunca fui una más. Sólo tengo palabras de agradecimiento hacia ese hospital, y hacia todos y cada uno de los profesionales que allí trabajan. Nunca pensé que podría sentir tanto apego hacia un lugar en el que pasé tanto miedo, tanta incertidumbre… pero es así, hoy lo siento parte de mi, es un pedazo de mi vida.

Fue así desde la primera vez que atravesé sus puertas llena de miedo. Mi rito de iniciación con ese mundo nuevo fue con la Doctora Collado, adjunta en el servicio de cirugía general y digestiva, y miembro de la unidad de patología mamaria.

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Llegué a sus manos cuando el cáncer dejó de ser una sospecha, con un informe que estaba escrito en español, pero que si hubiera estado en latín hubiera entendido lo mismo: absolutamente nada… tan lleno de siglas y palabras imposibles de comprender, y nada tranquilizadoras.

Ella lo leyó despacio, tomándose su tiempo, después hizo algunas preguntas, y finalmente soltó el boli, cruzó los brazos por encima de la mesa y me miró a los ojos. No dejó de hacerlo hasta que salimos de allí, no me infantilizó, no le quitó importancia a mi problema, no fue protectora, y aunque mis padres estaban conmigo, me habló a mi, siempre a mi, y fue total y absolutamente sincera.

Me dijo que había tenido muy mala suerte, que me había tocado un enemigo complicado y que los próximos meses iban a ser difíciles. Me explicó que estábamos al principio del proceso diagnóstico: era el momento de medir los daños. Me pintó un futuro inmediato poco halagüeño, me habló de una nueva entrada en quirófano, de 6 meses de quimioterapia, y de al menos un mes de radioterapia. Me confesó que durante los próximos 5 años mi vida estaría muy unida a ese hospital.

También me dijo que no había nada que ella pudiera hacer en ese momento para evitar que fuera uno de los peores días de mi vida, pero que era importante que supiera que iba a pasar, y que en unos años aquello sería una anécdota, dolorosa y complicada, pero no el hecho que definiría el resto de mi vida.

Es curioso, porque hasta ese momento ni en mis peores presagios había contado con tener que enfrentarme a quimioterapia. Yo estaba convencida de que tenía cáncer, pero como sólo llevaba en mi cuerpo pocos meses, supuse que con una operación y algo de radioterapia finiquitábamos el asunto.

Y sin embargo, el día que Mariví (antes la Doctora Collado) me puso por delante un año de tratamiento y la sospecha de que el cáncer hubiera llegado más allá de las fronteras de mi pecho, me sentí tranquila y segura. Por eso le entregué sin dudarlo las riendas de un caballo que hasta entonces corría desbocado, sabiendo que ella tomaría la mejor decisión de entre todas las posibles decisiones.

Admiro la gente que tiene la capacidad de ver el mundo a través de los ojos de su profesión, y Mariví es un ejemplo perfecto, porque para ella la medicina no es un trabajo, es su vocación, una pasión de la que habla con un entusiasmo contagioso.

Para escribir este post, le pedí que me dedicara un rato, accedió encantada. Entre quirófanos y consultas me dedicó una hora que me supo a gloria. Imposible contarlo todo, esto es sólo la 1º parte. Fue un largo y precioso paseo por la historia de la medicina de los últimos 20 años, de los cuales gran parte pasó en el Ramón y Cajal… Desde entonces, todo ha cambiado mucho, ha sido una auténtica revolución.

Me dijo que se hizo médico porque quería trabajar en algo humanitario y le gustaba estudiar. Así que unió ambas cosas y el resultado fue; medicina. Se hizo cirujana porque le gustaba resolver problemas, y además se le da bien tomar decisiones rápidas.

Creo que estas 2 características son las que hacen de ella una persona tan especial. Tiene un don para tratar a las personas, y es muy rápida, capta tu esencia al primer vistazo, y sabe como tiene que hablarte, que términos son los que entenderás mejor, como te dolerá menos. Esa es una gran virtud, tanto en el quirófano como en la consulta.

Le pregunté como hacía para tener un nivel tan alto de empatía y al mismo tiempo no volverse loca… me dijo que no hay secreto, cuando das el diagnóstico te sientes mal, te preocupas de verdad, porque sabes que estas dando una noticia que en ese momento es tremenda… pero tienes la ventaja de la perspectiva que a ella, lógicamente, le falta, y sabes que el 85% de los casos de cáncer de mama se curan, y que los avances no paran y cada vez van más deprisa”, me dijo que lo que si es importante es después no llevarse a la paciente a casa “porque eso no sería bueno para nadie, ni para ella ni para mi, pero eso no significa que en ese momento no me preocupe, son dos cosas distintas”

Me contó que el origen del cáncer de pecho es multifactorial y por lo tanto también lo es su tratamiento, la Unidad de Patología mamaria está compuesta por 14 especialidades, y eso son muchísimos profesionales trabajando juntos, formando parte del proceso diagnóstico.

Durante 2012 y 2013 conocí a muchos de ellos, pasé mucho tiempo allí, fueron 2 años en los que fui una pieza más de ese mundo hospitalario que desde fuera da tanto miedo.

Y ahora, cuando paso por allí ya no veo un edificio gigante y aterrador, veo un universo enorme, que late lleno de profesionales que entregan su tiempo y su mente a que le resto vivamos más y mejor. No se me ocurre profesión más importante y apasionante que esa…

Gracias de nuevo Mariví, GRACIAS por tanto.

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9 comentarios en “Mi vida en el hospital…

  1. cris

    Me encanta. Es una visión de una experiencia hospitalaria que me emociona mucho, ya sabes que soy de una familia de médicos y lo que relatas me recuerda a mi padre y su visión de la medicina su empatía con sus pacientes y el respeto y cariño que ellos le daban. Gracias Blanca por mostrarme que aun hay personas que sienten todo esto. Espero que mi sobrino tenga oportunidad de encontrar todo eso en alguno de sus futuros pacientes, y mi hermano lo haya encontrado en algún momento…dignificas la profesión, fácil contigo, seguro que Marivi estaría de acuerdo.

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    1. Muchísimas gracias Cris! el respeto, el cariño y el amor que los médicos y demás personal hospitalario me hicieron sentir fue, para mi, pura magia… y eso en un momento en el que te sientes tan débil y vulnerable es taaaaan importante.
      Me he dado cuenta que una misma realidad se puede ver de 2 maneras totalmente diferentes, y el cómo te lo dicen es muy importante en eso.
      Estoy segura que tu hermano tiene y tu sobrino tendrá lo que tu padre tuvo…
      Un beso enorme!

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  2. Hola Blanca,
    Una de las cosas que más “envidio” de la gente es que les apasione su trabajo y el tener esa vocación que tienen los médicos es una maravilla y un increíble don. Cada día admiro más a los médicos!
    Que bonito escribes Blanca! Gracias por escribir este blog. Es una estupenda lección de vida!
    Un abrazo!
    Mónica

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  3. Muchas gracias Mónica,
    100% de acuerdo, es una pasada la medicina, verdad? una profesión apasionante y a la vez tan difícil, tratando además a las personas en momentos muy vulnerables de sus vidas, yo me he encontrado a gente muy valiosa… he aprendido muchísimo de ell@s.
    Me hace muchisima ilusión pensar que mi experiencia puede servir de algo, la verdad, es que es una de las principales razones por las que estoy haciendo esto, la otra es ahorrarme el psiquiatra… y es que me resulta enormemente terapéutico, lo estoy disfrutando mucho, gracias por animarme a continuar.

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  4. Pingback: ¿ Y por qué a mí? | mi punto y seguido

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