La soledad y yo…

Al principio creí que era una anécdota que el cuerpo fuera mío, sentí que el cáncer era un problema compartido al que nos íbamos a enfrentar todos. Esa sensación me ayudó mucho las primeras semanas, mi mundo se volcó y yo llené mi tiempo de planes y de gente, entregándome en cuerpo y alma a un día a día repleto de amor, ansiedad, confusión y magia.

Mientras esperábamos la segunda entrada en quirófano, mi familia anuló sus planes de vacaciones, y yo pasé el verano constantemente acompañada, dividiendo mi tiempo entre el hospital y una casa en la sierra que unos amigos de mis padres nos dejaron sin dudar. Gracias a ellos nos alejamos del calorazo de Madrid y tuvimos un verano-verano, con piscina, jardín y barbacoa.

piscina

Entre todos se organizaron para que los niños y yo nunca estuviéramos solos, y aquella casa se llenó de visitas, que venían cargadas de buenas intenciones, buen rollo y energía positiva.

Fue muy bonito sentirme así, tan querida y acompañada… pero tenía que llegar un momento en que el cáncer y yo nos quedáramos solos, cara a cara. Era inevitable. Era necesario.

Yo sabía que ese momento iba a llegar, y aún así, me pilló desprevenida. Fue una sensación absoluta de soledad y desamparo, una incapacidad total de compartir pensamientos y emociones, de ponerle nombre a lo que me estaba pasando. Fui incapaz de encontrar palabras para expresar lo que me estaba ocurriendo.

Lloré hasta quedarme seca, y ese llanto me limpió el alma, me dejó exhausta, como si hubiera corrido una maratón. Esas lágrimas marcaron la entrada en una nueva fase. Más real quizá, también más dura. Fue como si hasta entonces lo hubiera estado viviendo todo desde arriba, y de repente me hubiera metido dentro de mi.

Fase de aceptación, lo llaman los psicólogos, y – a pesar de lo poco original que me hace sentir – fue exactamente eso. Acepté que la enferma era yo, acepté mi miedo y mi dolor. Era un bache necesario, una crisis corta, profunda, y muy, muy esclarecedora.

Y lo superé, y después de eso, disfruté como nunca de la compañía de la gente, porque no los utilicé para estar entretenida y no pensar, sino por el mero placer de compartir esos momentos, así, sin pretensión alguna.

Recuerdo paseos, desayunos, abrazos, museos y besos, muchos besos. Y esa sensación maravillosa de llegar a casa después de cada quimio y sentir que llegaba a mi cueva, a mi hogar, a mi madriguera.

Recuerdo lo bonitas que me parecieron las luces esa navidad, el cariño con el que decoramos nuestro diminuto árbol, la satisfacción de verlo bonito, la ilusión de los niños al recibir sus regalos.

Pero esa crisis me cambió, y después de ese momento comencé a andar por un camino desconocido hasta entonces, un trayecto en solitario, un viaje al centro de mi misma.

Pasé mucho tiempo sola… y lo disfruté, lo disfruté mucho, me enfrenté a mis miedos como nunca pensé que sería capaz de hacer.

Soy consciente de mi suerte, de lo maravilloso que es estar rodeada de gente que me quiere y me apoya, sentirme amada y querida, y vivir sabiendo que al otro lado del teléfono siempre habrá alguien dispuesto a salir corriendo si necesito un abrazo.

Pero el cáncer me enseñó también a estar sola, y esa es una lección muy importante y necesaria, y era, sin duda, uno de mis puntos débiles.

Odiaba la soledad, me daba muchísimo miedo, terror. Y no es que ahora me haya convertido en una persona solitaria, nunca lo he sido, no va con mi naturaleza. Pero ya no me parece un mal plan, no me da miedo ni vergüenza, y muchas veces hasta lo necesito, lo busco y me produce una sensación muy enriquecedora.

la soledad

Esa fue una de las cosas que descubrí en esa parada en boxes que supuso el cáncer en mi vida, ahora paso mucho más tiempo sola y feliz.

Ahora quiero más, porque necesito menos.

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