Nuestro cuerpo, nuestra casa

En 1993, un año después de acabar con la quimio, mi madre sintió un día el brazo extraño, como pesado. Al mismo tiempo notó que se le hinchaba, que sentía un incómodo hormigueo, que su color y temperatura eran distintos al resto de cuerpo.

El médico le dijo que se llamaba linfedema, que era consecuencia de la extirpación de los ganglios axilares, que habían dañado su sistema linfático para siempre. Le dijo también que era un problema crónico, que su brazo nunca volvería a ser el que era.

Después le enumeró todas las cosas que no podría volver a hacer nunca: no podría volver a coger peso, ni cocinar en el fuego, ni conducir, y – lo que más rabia le dio de todo – tampoco podría volver a escribir.

linfedema

A mi madre, aquello le pareció una locura, ni por un momento se le pasó por la cabeza resignarse. Así comenzó su particular periplo en búsqueda de soluciones, cuyo resultado fue la aparición de Paloma Domingo en su vida.

En ese momento, Paloma era una joven fisioterapeuta que acababa de montar el Centro Vodder, el primer centro especializado  en tratamiento del linfedema en Madrid.

Ella le dio a mi madre la esperanza que necesitaba. La escuchó, le midió el brazo y la tumbó. Consiguió, poco a poco, sesión a sesión, que su brazo se deshinchara, que recuperara su movilidad, color y textura. Que desaparecieran el dolor y el hormigueo, y, por supuesto, que volviera a escribir con total normalidad.

Con los años, Paloma se ha convertido en una verdadera institución en su profesión. Nuestra relación dura casi 25 años, porque mi madre fue quien la conoció primero, pero todos hemos necesitado un fisioterapeuta en un momento u otro (contracturas, esguinces, cesáreas…), así que nos conocemos bien.

Paloma ha sido testigo de una auténtica revolución en todos los aspectos relacionados con el cáncer de mama. Y los ha vivido desde primera línea, acompañando a muchas mujeres, a superar el rastro que el cáncer deja en sus cuerpos y en sus mentes. Y es que ambos aspectos están íntimamente relacionadas, y más cuando se trata de cáncer… y un poquito más, quizá, si lo que está en juego es el pecho, símbolo inequívoco de la feminidad.

A principios de los años 90, la oncología estaba centrada en garantizar la supervivencia, la mastectomía estaba a la orden del día, y la probabilidad de sufrir linfedema era muy alta… en esos años drenaje linfático sonaba desconocido y poco científico.

Por eso, cuando aparecía el linfedema (no se da siempre), se vivía con resignación, aceptación y dolor. De alguna manera, el brazo se convertía en un recuerdo permanente de un dolor pasado.

Hoy en día, gracias al diagnóstico precoz y el análisis del ganglio centinela, el linfedema es cada vez más infrecuente, y además, sus riesgos se conocen desde el principio, por lo que, cuando aparece, se le da la importancia que tiene, y se trata precozmente.

Pero la fisioterapia sigue teniendo mucho que aportar al tratamiento del cáncer, y cada vez son más los hospitales que incorporan sus servicios desde el inicio del proceso. Estoy segura que en pocos años formaran parte del cuadro oncológico.

Yo me libré del linfedema, pero mi gen mutado me llevó a pasar 8 horas en el quirófano, 8 horas que me dejaron casi libre de riesgos de tener cáncer de nuevo, pero también llena de cicatrices y dolor.

Al principio me retorcí, mi cuerpo y mi mente se resistieron mucho a aceptar su nueva realidad. Recuerdo momentos muy complicados en los que pensé que no había tomado la decisión acertada. En esos días, Paloma fue un bálsamo para mi, me ayudó muchísimo. Trabajó mis cicatrices casi desde el principio, sin hacerme nunca daño. Llegar a su consulta y tumbarme en su camilla era dedicarme un ratito a mi misma, y, mientras sus manos recorrían mi cuerpo drenando mis cicatrices, yo fui aprendiendo a conocer su nueva dimensión, a conocer sus límites, a aceptarlo y a quererlo.

Y esto es importante siempre, no sólo tras pasar por un cáncer, a menudo vivimos de espaldas a nuestro cuerpo, o nos preocupamos de él solo desde un punto de vista estético, no le escuchamos, no entendemos cuando nos habla, ni las razones por las que se queja.

Paloma entiende el cuerpo como un todo, y lo trabaja de esa manera, va a la causa, a la razón que hace que nos duela, porque si quitas la causa desaparece la consecuencia… pero si solo te preocupas del resultado, el dolor volverá, siempre volverá.

El cuerpo es nuestra casa, y lo importante no es solo que la fachada esté bien y sea bonita (que también), sino que por dentro los muebles estén en el lugar que les corresponde. Sólo de esa manera llegaremos al equilibrio, y para eso, es muy importante conocer el cuerpo, respetar sus ritmos, entender sus señales.

paloma ninos

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