Lo que el cáncer transformó…

El cáncer llegó en verano, pulsando el botón de una maquinaria perfecta: mi familia. Entre todos, y en muy pocos días, organizaron y planificaron un verano muy distinto al previsto. Hicieron turnos, anularon vacaciones, acercaron destinos.

Entre los meses de julio y agosto, fueron necesarias 2 entradas en quirófano, intervenciones rápidas y aparentemente sencillas. En ambas ocasiones ingresé un día y salí, casi sin dolor, al día siguiente, pero las idas y venidas del hospital eran constantes, e impedían ir muy lejos.

El centro de operaciones se ubicó en la sierra, en una casita maravillosa que unos amigos de mis padres, nos dejaron, con todo el amor del mundo.

bajo una sombrilla

La casa resultó perfecta, tenía jardín, piscina, barbacoa. Por tener, tenía hasta una estación de tren a pocos metros, que conectaba directamente la casa con el hospital. Parecía pensada a medida de nuestras necesidades. Toda una suerte.

Pero hubo una contraindicación médica que se me hizo muy dura: prohibido bañarme en la piscina. Ese detalle, aparentemente tonto, me sentó como una patada en el higadillo. Cada semana, camino del hospital, soñaba con el fin de esa sequía forzosa, y volvía con un “vamos a esperar un poquito más, nos vemos en 7 días” que a punto estuvo de acabar con mi paciencia.

Si, lo se, tenía cáncer. Y era muy consciente del camino que tenía por delante, sabía que la quimio y la radio estaban ahí, agazapadas esperándome a la vuelta de verano. Lo lógico era que no poder darme un chapuzón, fuera el menor de mis problemas… Pero yo soñaba con esa sensación de libertad que produce sumergirte en el agua. Ansiaba nadar, flotar, bucear, tirarme de cabeza, sentir el cuerpo ingrávido.

Y allí estaba yo, bajo una sombrilla, poniéndoles crema a los niños, riéndome de sus ocurrencias, viendo cómo se bañaban… y pensando que después de ese verano, bañarme sería diferente para siempre, lo viviría distinto.

Y así fue el verano siguiente. Increíble. Y no quiero olvidarlo nunca.

despues

Por eso escribo este blog, porque no quiero que se me olvide nunca lo que aprendí, quiero recordar cada día el privilegio que es poder nadar en una piscina. Así de sencillo, así de complicado.

El blog me ayuda a mantener vivos estos pequeños, pero importantes, recuerdos. A no permitir que el día a día me coma, a no sorprenderme a mi misma enfadada y ofuscada por cosas que ni siquiera me importan.

Se que hay quien piensa que las etapas hay que cerrarlas, que es mejor no mirar atrás, que es preferible seguir con tu vida como si no hubiera pasado nada, y quizá tienen razón… pero a mi no me funciona.

Esa frase tan popular de “para atrás ni para tomar impulso” no va conmigo. Yo quiero recordar lo que aprendí, es muy importante para mi, le da sentido.

Eso no significa que me atasque en la situación, o que no piense en el futuro, al contrario. Lo que hago es tratar de extraer, de esa experiencia, aquello que me sirve para aplicar al presente.

El cáncer me transformó, como hacen todas las experiencias importantes en la vida, también me cambió el amor, la maternidad, la amistad, las ilusiones, las desilusiones o los años… la vida también es eso.

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