el yin y el yang

Cada 4 meses tengo revisión, y me siento de nuevo en la sala de espera en la que pasé tantas horas, tanto miedo, tantos nervios… y no es fácil, porque significa volver a la casilla cero.

Cada 4 meses me doy cuenta que todo sigue igual: ese olor tan característico y difícil de describir, esas conversaciones entre pacientes y acompañantes, con las manos enlazadas y los nervios a flor de piel… charlas aparentemente triviales y tranquilas, pero a la vez llenas de respingos, cada vez que, por el altavoz,  llaman a una persona a consulta.

Y me lleno de humildad al darme cuenta que todo sigue igual sin mi, que ese lugar está lleno de protagonistas, que yo solo fui una más… lleno de pacientes, familiares, médicos, enfermeros… y de voluntarios que, cada día, reparten caramelos y café, acompañan a los que se sienten más solos, o a los que, con una mirada les dicen que tienen más miedo.

Y yo, cada 4 meses vuelvo al kiosco de prensa, antesala de esa puerta inmensa que te engulle en el Ramón y Cajal,  y me llevo toooooodas las revistas, y me compro una bolsa gigante de chuches. Y  después, ya sentada, me las como nerviosa, y juego a disparar burbujas en el iPad, mientras mi madre me cuenta historias guardadas durante semanas, de familiares, de amigos o de cualquier tema que me pueda divertir… historias que ha atesorado con cuidado para hacer más llevadero ese momento.

Y se que,  mientras nosotras estamos allí sentadas, hay mucha gente con el teléfono cerca, a la espera de una llamada, que confirmen 4 nuevos meses llenos de tranquilidad.

Pero es curioso que, sentada en esa silla, mientras espero oír mi nombre, y las piernas me tiemblan y el corazón me late alborotado, todo se ve mucho más claro. Ahí desaparecen las dudas,  solo hay espacio para las certezas. Lo bueno es bueno, lo malo es malo… lo importante es importante, y lo demás, es superfluo.

Y esa claridad es buena, de ahí se puede aprender,  extraer lecciones. Por lo menos yo trato de hacerlo, intento utilizarla  para tomar decisiones.

Y ultimamente, estoy llegando a un grado de perfección tal, que solo con cerrar los ojos soy capaz de trasladarme a ese momento, y ver la vida desde ese asiento, y eso me ayuda mucho, me ayuda a no dar las cosas por hecho, y a no perder demasiado tiempo ni energía en las cosas que no merecen la pena.

Muchas veces, cuando estoy agobiada, enfadada o estresada, me pregunto a mi misma si esa situación  me resultará igual de importante en esa sala de espera… y me he dado cuenta que en un 99,9% de las veces, la respuesta es NO. 

Y no se trata de pasar de todo, para nada, se trata de darle a cada cosa la importancia que tienen. Porque la vida está llena de cosas que no son muy importantes, forman parte de la vida, y hay que hacerlas, y tratar de hacerlas bien… pero no hay que convertirlas en el centro de todo: hay que hacer la compra, ir al dentista, entregar informes, hacer los deberes.  Pero la vida no es una sucesión de esas cosas. Y ese es un matiz muy importante.

Yo no se cual es el secreto, ni siquiera se si lo hay… seguramente cada uno tiene el suyo propio, yo estoy en la búsqueda del mío. Por ahora, me funciona pensar que cada día quiero hacer algo – una sola cosa – que me parezca importante desde esa sala de espera, y ese es mi termómetro para saber si ese día ha merecido ser vivido.

Y por eso, cada día,  dedico un ratito a comerme la vida a mordiscos, a dar abrazos y muchos besos, a decir te quiero, a reír a carcajadas, a mirar las nubes, a vencer mis miedos, a tratar de hacer realidad mis sueños…

 

atreverse

” En un naufragio se tira por la borda lo que no es necesario para navegar”                                     La suma de los Días. Isabel Allende.

 

 

 

 

 

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