El cáncer y yo… hoy

Durante las largas horas de quimioterapia pensé mil veces como sería el momento en el que el tratamiento terminara, cuándo, poco a poco, todo fuera volviendo a su lugar, y  recuperara mi pelo, mi cara, mi expresión, mi energía… Mi yo.

Me visualizaba a mi misma feliz y plena. Cantando, bailando, brindando. Una fiesta permanente.

Y fui muy afortunada, porque ese día llegó, y todo salió según lo previsto. Mi cuerpo había reaccionado como una máquina perfecta, y, mi oncóloga me recetó un tratamiento para los próximos 5 años y me dijo, por primera vez  “te veo  en 4 meses”.

Y fue como soñé, y en mi horizonte se dibujó una meta clara: un verano enterito para ser feliz. Sentí que me lo había ganado.

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Fue mágico, repleto de momentos inolvidables, no dejé nada pendiente, hice todo aquello con lo que llevaba meses soñando: vi a mis hijos corriendo por la playa, subí con mis padres la montaña, abracé fuerte a mi suegra, cené con mi chico a la luz de las velas. Disfruté de mi pequeña familia en los alpes suizos y bailé en la mini disco con mi gran familia extensa. Y, para coronar el pastel, le di la bienvenida a mi sobrino, que nació justo un año después de mi operación.

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Pero en mi fuero interno había un runrún que yo no podía silenciar, un miedo intenso a lo que vendría después, a no saber el lugar que el cáncer ocuparía en mi vida.

El verano acabó, y llegó septiembre, un mes que fue  crucial en mi vida,  que me demostró, una vez más, que es mejor no dar nada por hecho, porque las cosas nunca son como uno imagina. Si tengo que ser sincera y resumir en una palabra como me sentí en ese momento, no diría plenitud, ni felicidad, ni alegría… la palabra sería, sin duda, desconcierto.

Supe que había que recolocar las piezas… y no sabía ni por donde empezar. Tenía 40 años, un gen mutado, 2 operaciones aún por delante, 2 niños pequeños y una familia que había vivido un tsunami del que, lo quisiera o no, me guiara o no, yo era responsable.

La sensación de vértigo fue brutal, me sentí perdida, desorientada y sola. Me veía a mi misma ante un precipicio, mientras a mi alrededor todo el mundo brindaba con champange y daba por finalizada la parte más dolorosa del proceso, tenía pánico a la falta de control, terror a no ir al hospital, a que mi cuerpo no se viera constantemente escudriñado y analizado.

Aún no había llegado el miedo a recaer, eso vendría después… pero ese fue un momento complicado, quizá el más difícil de todos los que me ha tocado vivir, porque resultaba muy difícil de explicar, imposible de entender.

En ese momento conocí a Violeta Esteban Pons, que se convirtió en mi psicóloga de cabecera, además de ella, tuve la suerte de encontrar algo inesperado que me ayudó muchísimo, una muleta en la que apoyarme: la experiencia de los demás.

Devoré libros, charlas y películas, primero sobre cáncer, después sobre enfermedades en general, accidentes, atentados… Leía todo lo que caía en mis manos.

En mi entorno nadie entendió muy bien esa obsesión mía de sumergirme en el dolor ajeno, justo en el momento se esperaba lo contrario, empezar a olvidar. Pero yo necesitaba comprender, sanar, aceptar.

Fue un viaje alucinante, que me dirigió exactamente al centro de mi misma. Me apasionó la forma en que esas experiencias ayudan a cambiar nuestra forma de entender el mundo. Esos libros me llenaron de esperanza, fueron un canto a la vida, al optimismo, a las ganas de seguir aprendiendo y disfrutando de esta nueva oportunidad que la vida me estaba brindado.

Me acompañaron en mi camino Albert Espinosa, Silvia AbascalSandra IbarraOdile Fernandez , David Servan-Schreiber, Enhamed Enhamed, Roberto Canessa, María Belón, Irene Villa y una lista inmensa de personas que un día decidieron compartir su experiencia, para que los demás pudiéramos aprender de ella.

Por pura imitación, decidí hacer lo mismo. Así que me senté con un lápiz y un papel para escribir sobre  lo que había aprendido, y resultó que la lista era muchísimo más larga de lo que yo me esperaba.

Quizá porque convivir con el miedo a la muerte hace que los demás temores pierdan importancia, los desdibuja, y a veces, hasta desaparecen. Quizá porque cambian los límites que pones a tu vida, y con ellos las vergüenzas o el sentido del ridículo se evaporan, al darte cuenta que lo peor que puede pasar es que te digan que no, o que te tiemblen las piernas. Pero la verdad es que todo se fue colocando.

Poco a poco la vida se fue ordenando, y ahora se que ese es un proceso que nunca termina, que no llegará un momento en el que sienta que todo está claro, la vida es movimiento, y los días solo cuentan si transforman, cada día vivido es un día que te cambia.

Antes pensaba que la vida se dividía en fases, etapas marcadas en un calendario, como en  una peli: con su inicio, su nudo y su desenlace. Un momento para cada cosa: ahora sembrar, después recoger, primero salir, después entrar, ahora toca hacerse mayor, y con eso responsable… y al final morir.

Ahora lo veo distinto, creo que la vida va de intentar que cada día sea el mejor día de tu vida, cada día es un principio y un final. Eso es para mi vivir de verdad, a lo bestia, sin anestesia. Es lo que admiro de los niños,  descubren el mundo, son capaces de mirarlo con ojos nuevos. Ríen con las entrañas,  lloran desde el mismo sitio.

El cáncer supuso un cambio de intensidad, no tanto de rumbo, pero fue  muy importante para mi, marcó el inicio de la segunda parte de mi vida… ni más ni menos.

Por eso integro el cáncer en mi vida, ni lo niego ni lo encierro, le doy el lugar que le corresponde, es verdad que su lugar no es el mismo hoy que hace 1 año, ni lo será dentro de un año, pero yo estoy hablando hoy, mañana… ¡yo que se lo que pasará mañana!

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