Pensé, me equivoqué y aprendí.

Pensé que iba allí para ayudar, que mi experiencia podía servir, aliviar el dolor de aquellas mujeres a las que la palabra “cáncer” había sorprendido recientemente.

Pensé que, si me veían sonriendo, con mi pelo largo y mis tacones altos entenderían que después del cáncer hay vida, aprendizaje, felicidad, plenitud.

Y pensando en ellas me arreglé con mimo, y por eso puse especial esmero en el pelo, en que resultara bonito y brillante, para que vieran lo sano y fuerte que crece después de la quimioterapia.

Y con mi discurso de esperanza me fui, de la mano de mi madre, al Teatro Amaya,  sintiéndome orgullosa de colaborar, de poner nuestro pequeño granito de arena a esa causa tan importante.

Y sólo ahora me doy cuenta de lo egocéntrica que fui… porque pensé en todo momento en lo que pensarían ellas al verme a mi, pero ni por un segundo pensé en lo que sentiría yo al verlas a ellas. Que prepotente fui, ¡menuda lección me dieron!

Nada más llegar me di cuenta de mi error. Desde el principio me vi reflejada en sus ojos, en sus miradas, en su miedo y su incertidumbre. Sentí en mi boca ese sabor a rancio tan característico de la quimioterapia, esa extraña mezcla de ansiedad y hambre que se instaló, durante meses, en la boca de mi estómago.

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Sentí el cansancio de mis piernas hinchadas, y el dolor de mi pecho, partido y roto.

Inocente de mi, pensaba que el recuerdo del cáncer estaba vivo en mi mente, que ir cada 4 meses al hospital hacía que no olvidara todo lo sentido allí, todo lo vivido… estaba segura de ello, pero no era verdad, la mente me estaba engañando.

Y me recordé a mi misma sonriendo cada día, tratando de llenar el día a día de momentos mágicos, esforzándome en conseguirlo, y consiguiéndolo… y me sentí muy orgullosa de haber sido capaz de hacerlo.

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Que mentiroso es el tiempo… cómo organiza los recuerdos: en mi caso ha colocado en la superficie los buenos, los momentos bonitos, los aprendizajes útiles, al mismo tiempo ha ido enterrando por debajo el dolor, el miedo y la incertidumbre.

Las jornadas fueron, para mi, una fiesta de sensaciones que me dejaron muy, muy noqueada…pero ahora siento que todo se va colocando, y mi interpretación de lo que allí se vivió es un canto a la vida, al amor, a la esperanza.

Porque después de mucho pensar, de mucho analizar, de muuuuucho reflexionar (que se le va a hacer, una es como es) con lo que me quedo es con ellas, con todas y cada una de las mujeres que fueron hasta allí, en pleno tratamiento, fue su valentía la que me dejó sin palabras.

Gracias a ellas me di cuenta de algo muy importante: que la respuesta está dentro de cada una, que no hay libro, ni guía, ni instrucciones de cómo afrontar el cáncer. Cada persona  hace lo mejor que puede y sabe.

Y al final, lo único importante, es que cada una de ellas tome el timón de su vida, que busque las respuestas dentro… da igual si utiliza peluca, si se reconstruye, si se viste de rosa o se pinta las cejas, todo eso es lo de menos, porque lo que convierte la decisión en correcta es suya, y eso la hace apropiada, lo demás da igual, lo demás confunde.

Y no me refiero a la enfermedad, para eso está el personal sanitario, para curarnos, por eso estudian y se forman, se esfuerzan y se desvelan, ellos tienen – junto con los maestros – la profesión más bonita y más difícil del mundo.

Pero nuestra vida es nuestra, y nosotras nos tenemos que encargar de todo lo demás, de LA VIDA, así, con mayúsculas.

Es cierto que había olvidado el olor y el sabor de la quimio, pero me quedé con todas las cosas buenas que me pasaron… y ¡fueron tantas! nunca olvidé a esa enfermera de granada que me acariciaba la mano y me hacía reír mientras me pinchaba, se que es sólo un pequeño ejemplo, pero, mientras me pinchaba, para mi, su gesto era lo más grande.

Tenía las emociones a flor de piel, sufrí mucho, es cierto… pero también reí, amé, me amaron, jugué y soñé a lo bestia. Y me doy cuenta que fue todo tan intenso, tan brutal, que era imposible asimilarlo en tiempo real. Yo sólo traté de que lo bueno superara a lo malo, y  lo conseguí.

Me he dado cuenta que a medida que el tiempo va pasando el espacio que ocupa el cáncer es cada vez menor, y, sin embargo, el aprendizaje que extraigo de él crece y crece.

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Lo más importante que aprendí el otro día es que necesité 3 años para asimilar mi cáncer, para ordenarlo, para ser capaz de enfrentarme al papel en blanco y escribir sobre ello. Desde aquí todo es muchísimo más fácil.

Llevo 4 años recorriendo este camino, a veces ha sido recto, a veces con curvas, otras he dado marcha atrás, y en ocasiones me he querido detener un rato, admirar el paisaje, disfrutar de él. Pero sin estos 4 años sería imposible estar aquí.

El otro día, el Teatro Amaya se vistió de rosa, pero el color es lo de menos, porque lo importante es que el jueves pasado más de 600 personas latían juntas por una misma razón, hacer fácil lo difícil. Acompañar y ayudar a esas mujeres en ese camino que les ha tocado, lo quieran o no, recorrer.

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Eso fue lo que nos unió el otro día en el Teatro Amaya, y eso fue lo que lo hizo tan intenso, y tan mágico.

No puedo más que dar las gracias a las 2 personas que apostaron porque nosotras estuviéramos ahí. Gracias Mariví, gracias Noelia.

No puedo más que darles las gracias a las mujeres que se acercaron el otro día al teatro, fuisteis para mi una lección de vida.

Y, por supuesto, un beso gigante, inmenso y sincero a todas las mujeres que en este momento están pasando por mi misma experiencia… buscad vuestro rayito de sol y disfrutad de él, ya veréis como después, el tiempo lo va poniendo todo en su sitio.

 

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