niños, tengo cáncer

Los recuerdos de los primeros días se mezclan y confunden en mi mente, pero hay uno que permanece nítido y claro: entrar en la habitación de los niños, ya dormidos, arroparles despacio, mirarles y llorar.

Recuerdo la horrible sensación de sentirme la culpable de su desgracia, causante de su dolor, responsable de su trauma.

Ahora, con la perspectiva del tiempo todo parece mucho más fácil, pero fue un camino complicado que construimos con muchísimo amor, tomando muchas decisiones, contestando preguntas dificiles (suyas y nuestras) y afrontando muchos miedos.

La primera entrada en quirófano, cuando aún no sabíamos si era cáncer o susto, simplemente les contamos que yo tenía una herida en el pecho y que me la iban a sacar.

Pero después, con la palabra cáncer ya sobre la mesa, y la quimioterapia apuntada en el calendario, el escenario era diferente, y yo no conseguía sacarme una idea de la cabeza: ¿Cómo se les dice a niños de 5 y 2 años que su madre tiene cáncer?

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La primera decisión fue ser sincera… la primera y la última, porque no sabía cómo hacerlo para que el daño fuera el mínimo imprescindible, tenía terror a dar más información de la necesaria, o menos de la que ellos necesitaban.

Esa pregunta me llevó, por primera vez en mi vida, a la consulta de un psicólogo. Sentí que necesitaba orientación profesional, alguien con perspectiva que lo viera desde fuera y me diera alguna pista.

Le conté la situación, y hablamos de ellos, de su nivel de madurez y comprensión, de sus reacciones ante la frustración, de sus miedos y los míos, de sus rabietas y mis nervios.

La verdad es que me relajé bastante, me di cuenta que la cosa no iba de discursos grandilocuentes, la clave era: “no dar más explicaciones de la que te pidan, decirles lo que pasa y después deja que sean ellos quienes decidan qué información quieren y en qué momento les apetece tenerla”.

Pero sobre todo, de esa consulta me fui con un principio que convertí en mantra: “busca el lado positivo a las cosas, y sé sincera desde ahí”.

Así que, una tarde de agosto, poco antes de que la quimio corriera por mis venas, sentados en el salón les contamos que habíamos tenido muchísima suerte, porque los médicos ya habían encontrado la razón por la que tenía esa herida en el pecho, era un bichito que se llamaba “cáncer”.

Les dijimos que, para que no creciera y me hiciera más daño, me tenían que poner una medicina durante bastante tiempo, que iba a hacer que estuviera cansada, y se me cayera el pelo. Las dos cosas serían buenas señales, significaban que la medicina estaba funcionando.

Eso fue todo, y después, simplemente, quisieron seguir jugando.

Cuando, unos días más tarde, llegué a casa con la cabeza como una pelota de billar se partieron de risa, bailaron con la peluca, se pelearon por el pañuelo y me dijeron que tenía las orejas muy grandes… después se fueron y siguieron jugando.

Tengo la suerte de tener una familia grande y maravillosa que estuvo siempre atenta y alerta, los días más duros venían a por ellos y se los llevaban para que corrieran, saltaran y brincaran, eran muy pequeños, tenían que descargar su energía.

El cáncer cambió nuestra dinámica familiar, mi cansancio nos metió en casa. Disminuyeron los largos paseos por la sierra, los picnics en el río y los viajes de fin de semana… el cuerpo me pedía una reducción de la actividad física, y supe que había que respetarle, así que compartimos descanso, muchos planes de sofá y manta.

Y pasó algo maravilloso: la ausencia de estímulos externos hizo crecer nuestros lazos, fortaleció nuestra cueva, nuestro mundo, lo llenó de fantasía y magia. 

Recuerdo colorear esforzándome en no salirme de la línea, procurando siempre hacer el dibujo más bonito. Recuerdo hacer figuras de plastilina con un grado de concentración máxima, y crear un cine de verdad en casa, con palomitas, fanta y hasta número de butaca.

Recuerdo mancharme la nariz con nocilla, y pasar muchas tardes viendo viejos capítulos de Tom y Jerry o de la Pantera Rosa, riendo juntos a carcajadas. Recuerdo quedarme dormida después de comer, y despertarme con sus besos, húmedos y fríos cuando volvían del cole.

Nunca esquivamos el cáncer ni sus consecuencias, más de una vez y más de dos hubo que decirles que se tenían que callar, porque la quimioterapia estaba haciendo su efecto y no me encontraba bien. A veces hacían caso, otras no… eran niños, nunca dejaron de serlo.

No siempre fue fácil. Un día, el mayor llegó del cole diciendo que había oído en el recreo que yo me iba a morir, y le tuve que explicar que había gente que se moría por el cáncer, y que seguramente quien lo había dicho no sabía la suerte que yo tenía.

Han pasado 4 años, aún es pronto para saber la señal que el cáncer ha dejado en sus vidas, pero no tengo ninguna duda que el cáncer les ha marcado para siempre, aunque no creo que la marca sea solamente negativa, supongo que habrá un poco de todo.

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A veces – no muchas – el cáncer surge en las conversaciones, y entonces me doy cuenta que mi hijo mayor asocia esa época a algunos momentos muy bonitos, tiene recuerdo preciosos… pero también se acuerda del impacto que le causó verme un día llorando, y de que no le gustaba nada que en la calle me vieran calva, prefería siempre que me pusiera un pañuelo.

El pequeño aparentemente no se acuerda demasiado, pero a veces, cuando juega, le quita el pelo a algún muñeco y dice que tienen cáncer. Por eso se que el cáncer está ahí, dentro, en sus recuerdos escondidos.

Ojalá no hubieran tenido que pasar por eso, pero yo no pude hacer nada por evitarlo. Como madre aprendí que no puedo controlar sus experiencias, así que sólo me queda dotarles de las mejores herramientas para que sean capaces de afrontar las dificultades por ellos mismos, desde el optimismo y la ausencia de culpas. Nadie es responsable de lo que no puede evitar.

Espero que eso haya dejado un poso en el fondo de sus corazones, que cuando sean mayores sepan que hice todo lo posible por tratar de hacerles bonito el camino, y que esta experiencia les sirva para aprender a mirar la vida buscando siempre el lado bonito de las cosas.

Mucha gente me dice que debió de ser difícil el cáncer con 2 niños tan pequeños… y yo siempre contesto que quizá fue más cansado, pero que fue mucho más fácil. Ellos me anclaron a la vida, fueron mi razón, mi motor, mi gasolina.

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