niños, tengo cáncer

Los recuerdos de los primeros días se mezclan y confunden en mi mente, pero hay uno que permanece nítido y claro: entrar en la habitación de los niños, ya dormidos, arroparles despacio, mirarles y llorar.

Recuerdo la horrible sensación de sentirme la culpable de su desgracia, causante de su dolor, responsable de su trauma.

Ahora, con la perspectiva del tiempo todo parece mucho más fácil, pero fue un camino complicado que construimos con muchísimo amor, tomando muchas decisiones, contestando preguntas dificiles (suyas y nuestras) y afrontando muchos miedos.

La primera entrada en quirófano, cuando aún no sabíamos si era cáncer o susto, simplemente les contamos que yo tenía una herida en el pecho y que me la iban a sacar.

Pero después, con la palabra cáncer ya sobre la mesa, y la quimioterapia apuntada en el calendario, el escenario era diferente, y yo no conseguía sacarme una idea de la cabeza: ¿Cómo se les dice a niños de 5 y 2 años que su madre tiene cáncer?

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el yin y el yang

Cada 4 meses tengo revisión, y me siento de nuevo en la sala de espera en la que pasé tantas horas, tanto miedo, tantos nervios… y no es fácil, porque significa volver a la casilla cero.

Cada 4 meses me doy cuenta que todo sigue igual: ese olor tan característico y difícil de describir, esas conversaciones entre pacientes y acompañantes, con las manos enlazadas y los nervios a flor de piel… charlas aparentemente triviales y tranquilas, pero a la vez llenas de respingos, cada vez que, por el altavoz,  llaman a una persona a consulta.

Y me lleno de humildad al darme cuenta que todo sigue igual sin mi, que ese lugar está lleno de protagonistas, que yo solo fui una más… lleno de pacientes, familiares, médicos, enfermeros… y de voluntarios que, cada día, reparten caramelos y café, acompañan a los que se sienten más solos, o a los que, con una mirada les dicen que tienen más miedo.

Y yo, cada 4 meses vuelvo al kiosco de prensa, antesala de esa puerta inmensa que te engulle en el Ramón y Cajal,  y me llevo toooooodas las revistas, y me compro una bolsa gigante de chuches. Y  después, ya sentada, me las como nerviosa, y juego a disparar burbujas en el iPad, mientras mi madre me cuenta historias guardadas durante semanas, de familiares, de amigos o de cualquier tema que me pueda divertir… historias que ha atesorado con cuidado para hacer más llevadero ese momento.

Y se que,  mientras nosotras estamos allí sentadas, hay mucha gente con el teléfono cerca, a la espera de una llamada, que confirmen 4 nuevos meses llenos de tranquilidad.

Pero es curioso que, sentada en esa silla, mientras espero oír mi nombre, y las piernas me tiemblan y el corazón me late alborotado, todo se ve mucho más claro. Ahí desaparecen las dudas,  solo hay espacio para las certezas. Lo bueno es bueno, lo malo es malo… lo importante es importante, y lo demás, es superfluo.

Y esa claridad es buena, de ahí se puede aprender,  extraer lecciones. Por lo menos yo trato de hacerlo, intento utilizarla  para tomar decisiones.

Y ultimamente, estoy llegando a un grado de perfección tal, que solo con cerrar los ojos soy capaz de trasladarme a ese momento, y ver la vida desde ese asiento, y eso me ayuda mucho, me ayuda a no dar las cosas por hecho, y a no perder demasiado tiempo ni energía en las cosas que no merecen la pena.

Muchas veces, cuando estoy agobiada, enfadada o estresada, me pregunto a mi misma si esa situación  me resultará igual de importante en esa sala de espera… y me he dado cuenta que en un 99,9% de las veces, la respuesta es NO. 

Y no se trata de pasar de todo, para nada, se trata de darle a cada cosa la importancia que tienen. Porque la vida está llena de cosas que no son muy importantes, forman parte de la vida, y hay que hacerlas, y tratar de hacerlas bien… pero no hay que convertirlas en el centro de todo: hay que hacer la compra, ir al dentista, entregar informes, hacer los deberes.  Pero la vida no es una sucesión de esas cosas. Y ese es un matiz muy importante.

Yo no se cual es el secreto, ni siquiera se si lo hay… seguramente cada uno tiene el suyo propio, yo estoy en la búsqueda del mío. Por ahora, me funciona pensar que cada día quiero hacer algo – una sola cosa – que me parezca importante desde esa sala de espera, y ese es mi termómetro para saber si ese día ha merecido ser vivido.

Y por eso, cada día,  dedico un ratito a comerme la vida a mordiscos, a dar abrazos y muchos besos, a decir te quiero, a reír a carcajadas, a mirar las nubes, a vencer mis miedos, a tratar de hacer realidad mis sueños…

 

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” En un naufragio se tira por la borda lo que no es necesario para navegar”                                     La suma de los Días. Isabel Allende.

 

 

 

 

 

¿ Y por qué a mí?

De mi madre heredé los ojos claros, los pies grandes, el pelo fino y un parecido físico más allá de toda duda. Heredé también un gen, un gen mutado: el BCRA2, responsable de su cáncer y el mío. Una misma experiencia vivida con 20 años de diferencia.

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Mi amiga Inés dice que cuando alguien tiene cáncer, lo tienen también todos los que le acompañan y quieren, y tiene razón. La noticia cae como una bomba en cualquier entorno, afecta a todos y a todo, y hace 20 años, aún más.

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El miedo.

Reconozco que desde que el cáncer apareció en mi vida hay una emoción que antes no existía, una inseguridad nueva, a veces difícil de gestionar: ahora tengo miedo.

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Cada 4 meses tengo revisión, y vuelvo al hospital, a la misma sala de espera en la que pasé tantas horas. Oigo mi nombre por megafonía, y avanzo por el pasillo con mi madre, cogidas de la mano. Llamamos a la puerta, entramos sin esperar y nos sentamos frente a la oncóloga, esperando su veredicto, ansiando un “vuelva usted en 4 meses”.

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En la cima…

Siempre me ha gustado escribir; me ayuda, me ordena, me estructura el pensamiento, me organiza la cabeza… en resumen: me encanta.

Tengo guardadas reflexiones, diarios y cartas desde que tengo uso de razón. De vez en cuando viajo por mis viejos textos, es como tener una conversación conmigo misma, regresando al momento de mi vida en que lo escribí.

Durante todo mi tratamiento escribí mucho, y hoy quiero compartir una carta que les dediqué a Juan y Lalia, unos amigos de mis padres que forman parte de los veranos de mi infancia… y que estuvieron muy presentes durante esos años.

Cuando lo escribí ya tenía sobre mis espaldas 2 operaciones y casi 6 meses de quimio… aún quedaba la radioterapia, y varias operaciones más, pero en ese momento sentía que lo más duro ya había pasado. Estaba contenta, calva y cansada, pero sobre todo; sobre todo, estaba agradecida.

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