#lascosasbonitasquetienemivida

Escribir este blog es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida, me siento muy orgullosa de haberla llevado a cabo. Hay muchas cosas que mejorar, se que debería ser más constante… pero siempre he tenido claro que no voy a publicar ni una sola línea por obligación, y creo que tratar de mejorarlo es parte de su encanto.

Desde el principio tuve clarísimo el enfoque que le quería dar. Mi objetivo principal era demostrar que vida y enfermedad no son elementos opuestos, que tener cáncer no es incompatible con sentir amor, alegría o felicidad. 

El cáncer es una enfermedad llena de tópicos, te convierte en un símbolo andante, dejas de ser tu… y te conviertes en “el cáncer”. De repente, todo tu mundo desaparece, y parece que sólo queda espacio para el dolor.

Ya no está permitido disfrutar: hay que aguantar el tirón, hay que armarse hasta los dientes, hay que luchar…  mi tratamiento completo fueron casi 2 años, hubiera sido espantoso pasar 2 años peleando. Mi opinión es que el lenguaje bélico no ayuda en nada, pero es que además, no creo que todo el mundo comparta esa vivencia. Seguir leyendo “#lascosasbonitasquetienemivida”

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niños, tengo cáncer

Los recuerdos de los primeros días se mezclan y confunden en mi mente, pero hay uno que permanece nítido y claro: entrar en la habitación de los niños, ya dormidos, arroparles despacio, mirarles y llorar.

Recuerdo la horrible sensación de sentirme la culpable de su desgracia, causante de su dolor, responsable de su trauma.

Ahora, con la perspectiva del tiempo todo parece mucho más fácil, pero fue un camino complicado que construimos con muchísimo amor, tomando muchas decisiones, contestando preguntas dificiles (suyas y nuestras) y afrontando muchos miedos.

La primera entrada en quirófano, cuando aún no sabíamos si era cáncer o susto, simplemente les contamos que yo tenía una herida en el pecho y que me la iban a sacar.

Pero después, con la palabra cáncer ya sobre la mesa, y la quimioterapia apuntada en el calendario, el escenario era diferente, y yo no conseguía sacarme una idea de la cabeza: ¿Cómo se les dice a niños de 5 y 2 años que su madre tiene cáncer?

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Pensé, me equivoqué y aprendí.

Pensé que iba allí para ayudar, que mi experiencia podía servir, aliviar el dolor de aquellas mujeres a las que la palabra “cáncer” había sorprendido recientemente.

Pensé que, si me veían sonriendo, con mi pelo largo y mis tacones altos entenderían que después del cáncer hay vida, aprendizaje, felicidad, plenitud.

Y pensando en ellas me arreglé con mimo, y por eso puse especial esmero en el pelo, en que resultara bonito y brillante, para que vieran lo sano y fuerte que crece después de la quimioterapia.

Y con mi discurso de esperanza me fui, de la mano de mi madre, al Teatro Amaya,  sintiéndome orgullosa de colaborar, de poner nuestro pequeño granito de arena a esa causa tan importante.

Y sólo ahora me doy cuenta de lo egocéntrica que fui… porque pensé en todo momento en lo que pensarían ellas al verme a mi, pero ni por un segundo pensé en lo que sentiría yo al verlas a ellas. Que prepotente fui, ¡menuda lección me dieron!

Nada más llegar me di cuenta de mi error. Desde el principio me vi reflejada en sus ojos, en sus miradas, en su miedo y su incertidumbre. Sentí en mi boca ese sabor a rancio tan característico de la quimioterapia, esa extraña mezcla de ansiedad y hambre que se instaló, durante meses, en la boca de mi estómago.

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el yin y el yang

Cada 4 meses tengo revisión, y me siento de nuevo en la sala de espera en la que pasé tantas horas, tanto miedo, tantos nervios… y no es fácil, porque significa volver a la casilla cero.

Cada 4 meses me doy cuenta que todo sigue igual: ese olor tan característico y difícil de describir, esas conversaciones entre pacientes y acompañantes, con las manos enlazadas y los nervios a flor de piel… charlas aparentemente triviales y tranquilas, pero a la vez llenas de respingos, cada vez que, por el altavoz,  llaman a una persona a consulta.

Y me lleno de humildad al darme cuenta que todo sigue igual sin mi, que ese lugar está lleno de protagonistas, que yo solo fui una más… lleno de pacientes, familiares, médicos, enfermeros… y de voluntarios que, cada día, reparten caramelos y café, acompañan a los que se sienten más solos, o a los que, con una mirada les dicen que tienen más miedo.

Y yo, cada 4 meses vuelvo al kiosco de prensa, antesala de esa puerta inmensa que te engulle en el Ramón y Cajal,  y me llevo toooooodas las revistas, y me compro una bolsa gigante de chuches. Y  después, ya sentada, me las como nerviosa, y juego a disparar burbujas en el iPad, mientras mi madre me cuenta historias guardadas durante semanas, de familiares, de amigos o de cualquier tema que me pueda divertir… historias que ha atesorado con cuidado para hacer más llevadero ese momento.

Y se que,  mientras nosotras estamos allí sentadas, hay mucha gente con el teléfono cerca, a la espera de una llamada, que confirmen 4 nuevos meses llenos de tranquilidad.

Pero es curioso que, sentada en esa silla, mientras espero oír mi nombre, y las piernas me tiemblan y el corazón me late alborotado, todo se ve mucho más claro. Ahí desaparecen las dudas,  solo hay espacio para las certezas. Lo bueno es bueno, lo malo es malo… lo importante es importante, y lo demás, es superfluo.

Y esa claridad es buena, de ahí se puede aprender,  extraer lecciones. Por lo menos yo trato de hacerlo, intento utilizarla  para tomar decisiones.

Y ultimamente, estoy llegando a un grado de perfección tal, que solo con cerrar los ojos soy capaz de trasladarme a ese momento, y ver la vida desde ese asiento, y eso me ayuda mucho, me ayuda a no dar las cosas por hecho, y a no perder demasiado tiempo ni energía en las cosas que no merecen la pena.

Muchas veces, cuando estoy agobiada, enfadada o estresada, me pregunto a mi misma si esa situación  me resultará igual de importante en esa sala de espera… y me he dado cuenta que en un 99,9% de las veces, la respuesta es NO. 

Y no se trata de pasar de todo, para nada, se trata de darle a cada cosa la importancia que tienen. Porque la vida está llena de cosas que no son muy importantes, forman parte de la vida, y hay que hacerlas, y tratar de hacerlas bien… pero no hay que convertirlas en el centro de todo: hay que hacer la compra, ir al dentista, entregar informes, hacer los deberes.  Pero la vida no es una sucesión de esas cosas. Y ese es un matiz muy importante.

Yo no se cual es el secreto, ni siquiera se si lo hay… seguramente cada uno tiene el suyo propio, yo estoy en la búsqueda del mío. Por ahora, me funciona pensar que cada día quiero hacer algo – una sola cosa – que me parezca importante desde esa sala de espera, y ese es mi termómetro para saber si ese día ha merecido ser vivido.

Y por eso, cada día,  dedico un ratito a comerme la vida a mordiscos, a dar abrazos y muchos besos, a decir te quiero, a reír a carcajadas, a mirar las nubes, a vencer mis miedos, a tratar de hacer realidad mis sueños…

 

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” En un naufragio se tira por la borda lo que no es necesario para navegar”                                     La suma de los Días. Isabel Allende.

 

 

 

 

 

Lo que el cáncer transformó…

El cáncer llegó en verano, pulsando el botón de una maquinaria perfecta: mi familia. Entre todos, y en muy pocos días, organizaron y planificaron un verano muy distinto al previsto. Hicieron turnos, anularon vacaciones, acercaron destinos.

Entre los meses de julio y agosto, fueron necesarias 2 entradas en quirófano, intervenciones rápidas y aparentemente sencillas. En ambas ocasiones ingresé un día y salí, casi sin dolor, al día siguiente, pero las idas y venidas del hospital eran constantes, e impedían ir muy lejos.

El centro de operaciones se ubicó en la sierra, en una casita maravillosa que unos amigos de mis padres, nos dejaron, con todo el amor del mundo.

bajo una sombrilla

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La soledad y yo…

Al principio creí que era una anécdota que el cuerpo fuera mío, sentí que el cáncer era un problema compartido al que nos íbamos a enfrentar todos. Esa sensación me ayudó mucho las primeras semanas, mi mundo se volcó y yo llené mi tiempo de planes y de gente, entregándome en cuerpo y alma a un día a día repleto de amor, ansiedad, confusión y magia.

Mientras esperábamos la segunda entrada en quirófano, mi familia anuló sus planes de vacaciones, y yo pasé el verano constantemente acompañada, dividiendo mi tiempo entre el hospital y una casa en la sierra que unos amigos de mis padres nos dejaron sin dudar. Gracias a ellos nos alejamos del calorazo de Madrid y tuvimos un verano-verano, con piscina, jardín y barbacoa.

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Entre todos se organizaron para que los niños y yo nunca estuviéramos solos, y aquella casa se llenó de visitas, que venían cargadas de buenas intenciones, buen rollo y energía positiva.

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Sobre metas e ilusiones…

La semana pasada leí en el periódico una noticia que me estremeció: contaba la historia de Carlos, un malagueño de 27 años, al que diagnosticaron un tumor cerebral.

Al planificar la intervención para extirpárselo, el equipo médico tuvo en cuenta su pasión. Y es que Carlos es músico profesional, y la operación ponía en riesgo la continuidad de su carrera artística.

Para salvaguardar las áreas de su cerebro que controlan el lenguaje musical, le operaron despierto. Y, mientras le extraían el tumor, él tocaba en el saxofón algunas piezas de jazz. Evitando así futuras secuelas, y garantizando la continuidad de su profesión el resto de su vida. Seguir leyendo “Sobre metas e ilusiones…”

¿ Y por qué a mí?

De mi madre heredé los ojos claros, los pies grandes, el pelo fino y un parecido físico más allá de toda duda. Heredé también un gen, un gen mutado: el BCRA2, responsable de su cáncer y el mío. Una misma experiencia vivida con 20 años de diferencia.

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Mi amiga Inés dice que cuando alguien tiene cáncer, lo tienen también todos los que le acompañan y quieren, y tiene razón. La noticia cae como una bomba en cualquier entorno, afecta a todos y a todo, y hace 20 años, aún más.

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Mi vida en el hospital…

Mi vida se desdobló. A un lado quedó mi mundo, mi vida de siempre, tranquila y segura, mientras aparecía ante mis ojos un universo nuevo, una realidad paralela y desconocida: la vida en el hospital.

Construí con determinación una muralla entre ambas, para no permitir que el cáncer lo ocupara todo. Una barrera que salvo en contadas ocasiones, siempre especiales, sólo traspasamos mi madre y yo.

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El miedo.

Reconozco que desde que el cáncer apareció en mi vida hay una emoción que antes no existía, una inseguridad nueva, a veces difícil de gestionar: ahora tengo miedo.

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Cada 4 meses tengo revisión, y vuelvo al hospital, a la misma sala de espera en la que pasé tantas horas. Oigo mi nombre por megafonía, y avanzo por el pasillo con mi madre, cogidas de la mano. Llamamos a la puerta, entramos sin esperar y nos sentamos frente a la oncóloga, esperando su veredicto, ansiando un “vuelva usted en 4 meses”.

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