Sobre metas e ilusiones…

La semana pasada leí en el periódico una noticia que me estremeció: contaba la historia de Carlos, un malagueño de 27 años, al que diagnosticaron un tumor cerebral.

Al planificar la intervención para extirpárselo, el equipo médico tuvo en cuenta su pasión. Y es que Carlos es músico profesional, y la operación ponía en riesgo la continuidad de su carrera artística.

Para salvaguardar las áreas de su cerebro que controlan el lenguaje musical, le operaron despierto. Y, mientras le extraían el tumor, él tocaba en el saxofón algunas piezas de jazz. Evitando así futuras secuelas, y garantizando la continuidad de su profesión el resto de su vida. Seguir leyendo “Sobre metas e ilusiones…”

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¿ Y por qué a mí?

De mi madre heredé los ojos claros, los pies grandes, el pelo fino y un parecido físico más allá de toda duda. Heredé también un gen, un gen mutado: el BCRA2, responsable de su cáncer y el mío. Una misma experiencia vivida con 20 años de diferencia.

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Mi amiga Inés dice que cuando alguien tiene cáncer, lo tienen también todos los que le acompañan y quieren, y tiene razón. La noticia cae como una bomba en cualquier entorno, afecta a todos y a todo, y hace 20 años, aún más.

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Mi vida en el hospital…

Mi vida se desdobló. A un lado quedó mi mundo, mi vida de siempre, tranquila y segura, mientras aparecía ante mis ojos un universo nuevo, una realidad paralela y desconocida: la vida en el hospital.

Construí con determinación una muralla entre ambas, para no permitir que el cáncer lo ocupara todo. Una barrera que salvo en contadas ocasiones, siempre especiales, sólo traspasamos mi madre y yo.

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El miedo.

Reconozco que desde que el cáncer apareció en mi vida hay una emoción que antes no existía, una inseguridad nueva, a veces difícil de gestionar: ahora tengo miedo.

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Cada 4 meses tengo revisión, y vuelvo al hospital, a la misma sala de espera en la que pasé tantas horas. Oigo mi nombre por megafonía, y avanzo por el pasillo con mi madre, cogidas de la mano. Llamamos a la puerta, entramos sin esperar y nos sentamos frente a la oncóloga, esperando su veredicto, ansiando un “vuelva usted en 4 meses”.

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En la cima…

Siempre me ha gustado escribir; me ayuda, me ordena, me estructura el pensamiento, me organiza la cabeza… en resumen: me encanta.

Tengo guardadas reflexiones, diarios y cartas desde que tengo uso de razón. De vez en cuando viajo por mis viejos textos, es como tener una conversación conmigo misma, regresando al momento de mi vida en que lo escribí.

Durante todo mi tratamiento escribí mucho, y hoy quiero compartir una carta que les dediqué a Juan y Lalia, unos amigos de mis padres que forman parte de los veranos de mi infancia… y que estuvieron muy presentes durante esos años.

Cuando lo escribí ya tenía sobre mis espaldas 2 operaciones y casi 6 meses de quimio… aún quedaba la radioterapia, y varias operaciones más, pero en ese momento sentía que lo más duro ya había pasado. Estaba contenta, calva y cansada, pero sobre todo; sobre todo, estaba agradecida.

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Queda una marca, una señal que se llama cicatriz.

Es increíble lo que los cirujanos hacen con nuestro cuerpo: lo entienden, lo abren, le dan la vuelta como un calcetín, agarran de aquí, quitan de allá, con pulso firme y concentración máxima… después lo cierran, y queda una marca, una señal que se llama cicatriz.

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Antes de que el cáncer apareciera en mi vida yo tenía una cicatriz, recuerdo de la cesárea por la cual nació Gael. Ahora, 3 años después, tengo en mi cuerpo un total de 7: cicatrices de todo tipo, tamaño y condición.

A mi la estética me parece muy, muy importante, y más cuando tu cuerpo se ve sometido a tantas agresiones. Yo, que nunca he sido mucho de maquillarme, en los meses de quimio lo hice a diario, y ponía muchísimo interés a la hora de vestirme, combinando el pañuelo de la cabeza con el bolso o los zapatos.

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Y DE REPENTE… CÁNCER

Una noche de verano, al acostarme, palpé un bultito en el pecho derecho, y supe al instante que era algo que no tenía que estar ahí, aquello me sorprendió en un momento en el que andaba yo muy atareada pensando en mis vacaciones, y en un cambio de rumbo profesional que me tenía bastante estresada, un hallazgo que lo cambió todo.

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A partir de ese momento todo fue muy rápido, casi acelerado poco más de un mes después ya me había enfrentado a 2 operaciones, a las que siguieron 6 meses de quimioterapia, 1 mes de radioterapia, una braquiterapia, una doble mastectomía, una ooforectomía, y 5 años de tratamiento hormonal.

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